

Hoy amanecí empapada, mejor dicho, emososfa, en palabras de la autora de esta imagen. Me lloraba el cuerpo, me recordé a una imagen de Kentridge que un gran amigo me regaló en un mail.
No lo hemos deducido, tal vez me llovía encima, nada más a mí, las personas a mi alrededor estaban secas y yo no podía dejar de gotear. El pelo se me escurría en la cara, no me dejaba ver más allá del velo que formaba a mi mirada. Ella intentaba secarme sin parar, pero no había manera de que yo dejara de ser fluvial. He pensado mucha en la muerte últimamente, pero sin miedo, me gusta la muerte, me gusta la idea de morir y desaparecer. De dejar en manos de los que me conocieron la idea de mí, de lo que fui y pensar en qué harían para formularse un yo que no existe más. De todas mis ideas, que recaen directamente en imágenes que comparto con mis amigas, la más bella es la que me regalaron hoy, la que vino de un sueño y se manifestó como mensaje de texto a tempranas horas de la mañana. Al fin el agua siempre ha sido mi elemento predilecto.
Pero tengo muchas más ideas de mi muerte igualmente hermosas. Alter Ego habló una vez de su muerte al estilo Munch colgada del candelabro central del Hotel de México, en la madrugada, después de un gran aquelarre en el zócalo, con luna llena y amarillenta. Mis amigas amantes del arte y yo, quemaríamos a un grupo enorme de mujeres misóginas, que le han hecho la vida difícil a tantos seres femeninos, sólo por el hecho de serlo. Ella encontraría el momento adecuado para desaparecer después de cumplir esta misión y llevaría a cabo su acto. Algunas horas después yo que había esperado el amanecer en la celebración, comenzaría a buscarla al borde de la locura, entraría a esta hermosa construcción afrancesada, pensando en las tendencias de mi amiga a lo romántico y la vería ahí. Colgada, vestida con un largo camisón amarillo, hermosa como es, pero muerta, muerta como la elegancia del art nouveau. Yo no moriría, pero con ella se iría la mitad de mí.
La playa, como para Agnès Varda, es mi lugar ideal para morir. Moriría acompañada de mi persona más amada al estilo Hitchock, suena a cliché, pero qué más da. Un grupo de aves blancas nos atacarían después de caminar durante horas de complicidad y secretos gritados a voces al mar, que se los tragaría en cada ola. Nos picotearían hasta desangrarnos poco a poco, no correríamos, saber que estamos juntas bastaría para disfrutar nuestra muerte y no tratar de huir. La cara NO, tendríamos que terminar hermosas, con nuestras bandas rosas sujetándonos el pelo tieso producto de las horas de baile y canto en el agua, y le susurraríamos mientras morimos a una canción para que nos llevara lejos. Nos encontrarían aún vivas, para dar el último suspiro ante aquél tercero que forma parte de nuestro amor.
Mi muerte no me asusta en lo absoluto ¿Qué si estoy deprimida? Todo lo contrario, nunca he estado más feliz. No le temo porque no le debo nada a la vida más que el miedo que tuve mucho tiempo, pero que ya he dejado lejos.
Hay muchas más imágenes en las que me gustaría morir, refiriéndome a muertes clásicas de gran hermosura, obviamente empezaría por homenajear a Ofelia. Mi muerte ofeliana sería en el lago de Chapultepec, en la zona recóndita cerca de donde interpretan el Lago de los Cisnes, rodeada de buganvillas y jacarandas que van cayendo de los árboles desde varios días antes, esperando mi defunción. Cuando estuviera preparado ese espacio de agua verde contrastado con el colorido de las flores, me suicidaría por alguna razón ilógica y absurda que sería sumamente complicada de interpretar para los demás, un enigma que dejaría a los que se quedan llenos de dudas y los invitaría a imaginar cualquier tipo de historia. Así sabría de qué forma me percibía mi gente. Pediría que escribieran la razón que se imaginaron que tuve para quitarme la vida en post-its de colores y los echaran al agua junto a mi cuerpo. Que se quedaran con esa imagen de mí para siempre. Sé quien me gustaría que me fotografiara y me pintara, amigos claro, que no mencionaré aquí, ellos lo sabrían al verme. Me gustaría que mi mamá se quedara con esa foto.
Margarita la amada de Fausto es otra idea de muerte que me fascina. En la búsqueda de elocuencia de su marido, Margarita acaba perdiendo la cordura, mata a su hijo y es incapaz de soportarlo en vida, la carga de Fausto la hace sentir que todos los dolores de la humanidad recaen en ella y entiende que no tiene necesidad de cargar con estos, cada quien con sus problemas.
También he pensado en lanzarme de una bajada empinada y peligrosa de la ciudad con una bicicleta de colores rosas y morados, con diablitos para ir acompañada de mi amiga que no sabe andar, y que emprenderá conmigo, su viaje a la desaparición. Quisiera empezar a pedalear sin saber donde terminaré, pero esperando morir en el camino. Sin rumbo, pero con destino fijo a la muerte como una alegoría a la vida. El pelo suelto de las dos, mi amiga lo tiene más largo de lo cree y el viento además lo exagera. Ojalá no fuera una muerte demasiado sangrienta, me encantaría que cayéramos en un agujero profundo y que nuestros cuerpos no fueran encontrados, sólo el vehículo. Podríamos habernos esfumado a otro lado inexistente para los demás, pero estaríamos sin vida en un universo paralelo. Juntas.
Prefiero que no sea pronto.
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