miércoles, 24 de marzo de 2010

Retratos de “mujeres de moral relajada”


La infame industria de la prostitución en México desde finales del siglo XIX no sólo era legal, sino estaba financiada por el Estado. Las mujeres y niñas arriba de los 14 años podían ser registradas como prostitutas en el Departamento de Salud Pública. La prostitución empezó a considerarse como un problema social y se inició una obsesión por la higiene, pero aprovechando la inestabilidad política y social que vivía el país, quienes ejercían este oficio fácilmente podían liberarse de la normatividad. A partir de la revolución aumenta considerablemente el número de mujeres registradas que ejerce la prostitución por dificultades económicas que las obliga a buscar formas de ganarse la vida. A consecuencia de esto hubo un incremento de las enfermedades venéreas por lo que se intentó un mayor control sanitario. y el Hospital de San Juan de Dios se destina casi exclusivamente a la asistencia de las enfermas sifilíticas. Durante el gobierno de Porfirio Díaz la práctica de la prostitución se vio como un problema. Las mujeres públicas eran calificadas como transgresoras de las normas de las buenas costumbres, pero no estaba prohibido su oficio, a las prostitutas se les veía como un “mal necesario”.

Existían dos grandes ramas de la prostitución: la vigilada por la policía y la clandestina, por lo que las prostitutas eran casi propiedad de la administración. Las vigiladas, eran sometidas a una revisión médica semanal y a muchas restricciones. Tenían por obligación cargar con su libreta con fotografía, datos personales, así como el prostíbulo donde ejercía, todos sus movimientos y registro de sus actividades Los prostíbulos estaban bajo el control policiaco, como la cárcel, las clínicas o los manicomios.

En estas obras, Orozco nos presenta a las prostitutas de manera muy distinta a las fotografías de registro de la época y también diferentes a la imágenes de sus acuarelas de la misma época. El lápiz le da un carácter a estos personajes más cercano al retrato que las acuarelas. Las líneas definidas permiten ver un rostro identificable, dotando a la persona retratada de una personalidad identificable.

Aquí aparece La Chole, mujer con aires seductores, que reta al espectador levantándose un poco el vestido y dejándolo ver su muslo y sus reventonadas pantorrillas, así como sus medias con liguero. Su cabello corto es igualmente sugerente para la época, así como sus botas y su vestido entallado que exagera sus senos estrepitosos. La Chole parece tener una cercanía con el pintor, necesariamente es un retrato, por lo que Orozco tuvo que conocerla más a fondo. Le coquetea al pintor, sabe su capacidad de seducción y sus poderes sexuales ante el ser masculino que se vuelve el sexo débil al momento de tener que lidiar con sus encantos.

No parece sufrir, se ve libre, en pleno uso de su sexualidad y de su cuerpo abultado, con sus rasgos femeninos resaltados, sus caderas, sus muslos y su trasero prominentes. La prostituta era para la época, y aquí Orozco lo deja claro, una figura ambigua: objeto de temor, respeto, pero también de compasión, de libertad y opresión. La Chole parecería una mujer de otra época que sorprende por su desenvoltura y su relajamiento.

La obra titulada “Una mujer” entra en la misma categoría que La Chole, por ser retrato a lápiz de la misma época. Es dudosa su procedencia, no tiene actitud de prostituta, como las acuarelas, ni como La Chole, sin embargo, tampoco podría decirse que es una colegiala, por la edad, su maquillaje, su arreglo exagerado su peinado trabajado y su tocado. Su escote pronuncia sus pechos voluptuosos. No podemos ver la postura de su cuerpo por ser un busto, pero podemos imaginárnoslo, bien podría esta muchacha estar levantándose el vestido como La Chole. Esos ojos seductores y retadores nos lo dejan adivinar, igulmente esa cara de chica moderna, libre de cierta forma de vestirse y comportarse a su gusto.

Orozco las retrata con detalle, con cariño, con delicadeza, con naturalidad., con aire de frescura y ambigüedad. Es como si el pintor no hubiera querido categorizarlas tajantemente como a las colegialas o las prostitutas, permite al espectador la libertad de gozarlas e imaginar lo que quiera con ellas. Tener fantasías y dejar en suspenso su oficio y su posición social. No parecen mujeres de clase baja, están bien vestidas, pero tampoco portan joyas o algo que las haga parecer de la alta sociedad.


José Clemente Orozco

La chole, 1913-1915

Lápiz sobre papel, 42 x 26


José Clemente Orozco

Una mujer (busto), 1910-1915

Lápiz sobre papel, 42 x 26


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